lunes, 16 de julio de 2018


Pablo Freire: educación y emancipación
Lino Morán-Beltrán
Magíster en Filosofía. Profesor de la Escuela de Filosofía. Departamento de Filosofía Latinoamericana LUZ. Universidad del Zulia. Maracaibo, Venezuela. E-mail: lmoran77@cantv.net
Johan Méndez-Reyes
Magíster en Filosofía. Profesor de la Escuela de Filosofía. Departamento de Filosofía Latinoamericana LUZ. Universidad del Zulia. Maracaibo, Venezuela. E-mail: reymanjoh@cantv.net


Resumen
El objetivo fundamental de este trabajo es analizar la propuesta educativa de Pablo Freire, haciendo énfasis en los elementos que mantienen vigente la propues- ta de un proyecto pedagógico de liberación y emancipación. Para ello, se analizan los postulados éticos contenidos en su obra, a partir de la cual se puede concluir que el proyecto pedagógico freiriano constituye hoy en día una alternativa educa- tiva válida ante la crisis del sistema capitalista neoliberal, y a su vez representa una metodología que hoy asumen para sí los movimientos sociales de liberación en nuestra América.
En la vida y obra de Paulo Freire (1929-1997) hay una profunda pasión por la libertad humana, y al mismo tiempo, una rigurosa y siempre renova- da búsqueda de una pedagogía de la emancipación. En ese sentido, pode- mos decir que la obra de Paulo Freire va más allá de sus formulaciones, de sus escritos; está muy marcada por la singu- laridad de su conducta, de su vida.
Hoy -a doce años de su partida físi- ca- cuando la crisis del capitalismo mundial globalizado se agudiza y se espera que las cifras de excluidos y em- pobrecidos aumente, existe el deber de volver la mirada sobre las propuestas emancipadoras de nuestros mejores intelectuales y maestros latinoamerica- nos. Freire es todo un ciudadano del mundo que desde su ciudad natal: Re- cife, supo desentrañar las fuentes libe- radoras de la educación.

La educación como proceso de liberación


Para Pablo Freire educación posee dos significados fundamentales: una, que él llamó “bancaria”, la cual torna a las personas menos humanas, en vir- tud de que las aliena, domina y a su vez contribuye con la opresión; y otra, li-

beradora, que parte del hecho de la disposición de los seres humanos de querer dejar de ser lo que han venido siendo, con el propósito de ser más conscientes, más libres y humanos. La primera formulación ha sido elabora- da e implementada por las clases socia- les que administran el proyecto de do- minación; mientras que la educación liberadora debe ser necesariamente de- sarrollada por todos aquellos que cre- en que la liberación de toda la huma- nidad no solo es posible, sino urgente y necesaria.
El impulso que lleva al ser humano a la educación es ontológico, es decir, es producto de su propia naturaleza:
“Es en el ser inacabado, que se recono- ce así mismo como tal, que se funda- menta la educación como proceso per- manente. Mujeres y hombres se tor- nan educables en la medida en que se reconocen inacabados. No es la educa- ción lo que hace a las mujeres y los hombres educables, es la conciencia que tienen de ser seres inacabados lo que genera su educabilidad” (Freire, 1997: 64).
Como todos los seres de la natura- leza, las mujeres y los hombres son se- res incompletos, inconclusos e inaca- bados; pero a diferencia de los otros se- res, su ontología específica los hace conscientes de sus inconlusiones, al comprenderse inacabados e incompletos, impulsándolos a su vez a la reali- zación plena. Por lo que la educación, es entendida en principio como el me- canismo ideal para superar estas limi- taciones y llegar a ser seres humanos a plenitud.

La naturaleza humana, de acuerdo a la teoría freiriana, puede ser identifi- cada también por la esperanza. En este sentido: “es la conciencia de ser inacaba- dos las que a su vez nos inserta en un mo- vimiento permanente que nos acerca a la esperanza” (Freire, 1997: 64).
Ahora citándose así mismo, en este texto, Freire procura reforzar esta últi- ma dimensión de la especificidad de la ontología humana, cuando dice: “no es por obstinación que tenemos esperanza, es por imperativo existencial e histórico” (Freire, 1993: 10). Lo cual nos permite decir que somos esperanzadores  por una exigencia ontológica, lo que refuer- za la idea de que una concepción de educación deriva de su concepción con respecto de la singularidad esperanza- dora de la naturaleza humana.
En esta perspectiva del maestro pernambucano, la educación es tam- bién dialógica-dialéctica, porque es una relación entre educando, educa- dor y el mundo, no  entendido como un círculo de la cultura, permanente e inmutable, sino que debe sustituir la educación escolarizada del aula. Es en- tonces, contraria a la educación banca- ria, el educador no es el mediador en- tre el conocimiento y el educando. “Ahora, nadie educa a nadie, como tam- poco nadie se educa a mismo: los hom- bres se educan en comunión, mediatizados por el mundo” (Freire, 1982: 10).

En esta cita podemos percibir toda la riqueza del concepto de educación en Freire. En primer lugar, a pesar de la do- ble negación “nadie educa a nadie”, el educador es importante, en la medida en que “tampoco nadie se educa a sí mismo”. Por tanto, el acto educacional es una relación en la que el educador y el educando son sujetos estratégicos del proceso de enseñar-aprender-enseñar, donde el aprendizaje es el principio fundante de la enseñanza, y no al con- trario. En segundo lugar, Freire invierte la relación vertical educador-educando que establece la educación bancaria, en la que se da la primacía del educador sobre el educando, del enseñar sobre el aprender, de la transmisión de conoci- mientos del docente sobre el proceso de reconstrucción colectiva de los sabe- res por parte tanto de los educadores como de los educandos.
Para Pablo Freire, la educación es una constante praxis esto es, una pro- funda interacción necesaria entre prác- tica y teoría, en ese estricto orden. Lo que según él, dará nuevo sentido a la práctica, especialmente desde la pers- pectiva de un pensamiento crítico como resultado de una lectura cons- ciente del mundo y de las relaciones con la naturaleza y la sociedad.

La educación problematizadora como alternativa a la educación bancaria


Freire, partiendo de la idea de libe- rar a los oprimidos de sus condiciones que los convierten en cosas, al mismo tiempo en que ve en la educación esano será por medio de la educación pro- tagonizada por las élites que se podrá llegar a la liberación. Comienza, en- tonces, a dar cuerpo a su propuesta de educación procurando caracterizar la educación bancaria fuertemente enrai- zada en los procesos educativos de su época y, paralelamente, procura deli- mitar una propuesta de educación li- beradora, esto es, que posibilite liberar a los sujetos de la amarras de la opre- sión. Al teorizar una propuesta de edu- cación problematizadora, Freire desta- ca que la libertad no consiste en una

donación o en una bondad de las cla- ses dominantes, ella solo puede con- cretarse como resultado de la construc- ción de la conciencia.
De acuerdo con Freire, los funda- mentos de la educación bancaria se ba- san en la narración alienada y alienan- te. O sea, se educa desde una perspecti- va para la sumisión, para la creencia en una realidad estática, ordenada, frag- mentada1, para la visión de un sujeto acabado, completo. La educación ban- caria, en este sentido, influye como un anestésico, que inhibe el poder de las ideas propias del educando, impidiendo cualquier posibilidad de reflexionar acerca de las contradicciones y de los conflictos emergentes de lo cotidiano en que se encuentra inserta la escuela y el alumno. Desde la perspectiva frei- reana, la educación bancaria tiene el propósito de mantener la inmersión dentro de una actitud acrítica a través de la reproducción de una conciencia ingenua.
La práctica bancaria subordina al educando, sofocando el gusto por la rebeldía, reprimiendo la curiosidad, desestimulando la capacidad de desa- fiarse, de arriesgarse, tornando al alumno en un sujeto pasivo. Contrario a esa tendencia, Freire enfatiza que el pensamiento dialectico fortalece el pensamiento crítico, el cual representa la posibilidad de desalienar la idea de un pensamiento acabado, de certezas, de realidades homogéneas y estáticas.
La educación opresora o bancaria es un reflejo de la sociedad opresora y una dimensión de la cultura del silen- cio. Se trata de una estructura vertical de dominación o, a lo sumo, de dona- ción paternalista, en la cual se crea
–por su misma verticalidad– una bipo- laridad educador vs. educando. El edu- cador es el que educa, sabe, piensa, opta, escoge contenidos programáti- cos y los dona al educando (al pueblo) este último, objeto de la acción del educador; no sabe, es privado de su pa- labra:  debe  escuchar,  retener, repetir,

acomodarse y seguir las prescripciones del educador.
“En la medida en que esta visión ban- caria anula el poder creador de los educan- dos o lo minimiza estimulando así su inge- nuidad y no su criticidad, satisface los in- tereses de los opresores(Freire, 1982:
79) y resulta en una educación domes- ticadora, en una práctica de la domina- ción, cuya finalidad es indoctrinar al pueblo en el sentido de su acomoda- ción al mundo de la opresión. Lo que Freire enfatiza en su crítica no es tanto un juicio de intenciones; en efecto, pueden darse educadores de “buena voluntad” pero ingenuos que son an- ti-dialógicos y por tanto útiles a la so- ciedad opresora. Hay que vigilar el rol social que esta educación tiende a cumplir2.
Este rol opera en base a dos equí- vocos fundamentales. La educación anti-dialógica del pueblo, en la que éste es considerado un recipiente prác- ticamente pasivo, absolutamente igno- rante, que debe ser llenado y hacia el cual debe ser “extendido” el saber, re- posa en un equívoco gnoseológico que desconoce todo el carácter intencional de la conciencia. Reduce el aspecto di- námico de la educación a la acción de “dar”, de entregar un contenido, que permanece idéntico a lo largo del pro- ceso. Se desconoce así la confronta- ción con el mundo, como la verdadera fuente de conocimiento. Ha sido dicotomizado el hombre del mundo, con- cibiéndose su conciencia de manera mecánica, como una sección dentro del hombre en la que hay que hacer pe- netrar un contenido (el mundo)3. Ade- más, considerándose al hombre como objeto, se le niega su condición de su- jeto capaz de insertase críticamente en el mundo como su transformador, ca- rácter que el hombre dinamiza precisa- mente como fruto de conocimiento verdadero.
Desde el punto de vista cultural, la teoría anti-dialógica resulta ser una inva- sión cultural. El educador-invasor no piensa con los educandos; en el mejor de los casos piensa acerca de los educandos, concibiéndolos como quienes deben asi- milar pasivamente sus lecciones. La edu- cación se transforma en manipulación, en conquista. Hay acá en obra un equívo- co histórico: el de considerar al pueblo como sin cultura y sin pasado, lo que im- pide entender que la única educación po- sible debe jugarse en un diálogo de cultu- ras, la del educador y la del pueblo, que debe dar pie a una síntesis cultural, que es necesariamente creación cultural.
Ahora los presupuestos de la con- cepción de una educación problemati- zadora, según Freire, están fundados en la creencia de la humanización de educadores y educandos. En razón de estos, la función del educador es pro- blematizar el objeto de la enseñanza y posibilitar a los educandos condicio-

nes para que ocurra “la superación de los conocimientos del nivel de doxa por el ver- dadero conocimiento, el que se da a nivel de la episteme” (Freire, 1982: 71).
Esta perspectiva problematizadora de la educación desafía a la sumisión de la conciencia, con el propósito de que acontezca la inserción crítica del sujeto en la realidad, facilitando la construc- ción de la conciencia reflexiva y política acerca de los desafíos que presenta la realidad social. Así mismo, la educa- ción problematizadora precisa centrar sus preocupaciones para “profundizar la toma de conciencia que opera en los hom- bres en cuanto agentes, en cuanto trabaja- dores” (Freire, 1983: 76). De este modo, la educación problematizadora, se constituye en el proceso de confronta- ción del hombre con el mundo, inten- tando superar las causas que hacen que las grandes mayorías vivan en condicio- nes de marginalidad y explotación.
La educación problematizadora, es pues, la fuerza creadora de un nuevo mundo, donde los hombres y mujeres, en condiciones de excluidos, son sujetos activos del proceso de emancipación, lo que a su vez implica suplantar los efec- tos de la educación bancaria. Es una educación donde se adquiere la concien- cia necesaria para la superación de la es- tructura social que aliena y somete.
Contrariamente a la educación bancaria, la educación dialógica es, en sus grandes trazos, la conciencia verdadera o crítica. Nos presenta a los suje- tos como inseparablemente unidos a la realidad y; a través de ella, entre si (esquema horizontal). Siendo la reali- dad no un mero soporte para los hom- bres, sino un desafío a su inserción transformadora. En esta dinámica de la conciencia se nos entrega una preci- sión sobre el sujeto, el punto de parti- da (objeto) de la educación (Freire, 1982: 97).
El sujeto es el hombre que busca en comunión y no en le aislamiento, Freire dirá que la “esencia fenoménica de la educación radica en la dialogicidad” (Freire, 1984: 25). El diálogo es un en- cuentro entre personas en el cual ningu- na está privada de su palabra, ninguna es manipulada, ninguna es objeto de otra. En él se da una verdadera relación de su- jetos (intersubjetividad) mediatizados por el mundo concreto en el cual ambos se educan. Se suprime así el antagonis- mo: “no más educador del educando, no más educando del educador, sino que educador-educando y educando-e- ducador” (Freire, 1984: 25).
Este presupuesto, que puede pare- cer a algunos idealistas es precisado. En el seno de una sociedad opresora y de clases esta comunión se encuentra históricamente limitada y no puede realizarse entre el pueblo y quienes se oponen antagónicamente a él, prohi- biendo su búsqueda, silenciando su palabra; el diálogo entre ambos se hace imposible. Más aún, también hay que ser conscientes que, en el seno de una estructura social de dominación, en la que la educación tiende a reflejar la es- tructura del poder, una educación dia- lógica es difícil, sin embargo “algo fun-

damental puede ser hecho; dialogar sobre la negación del propio diálogo” (Freire, 1982: 81).
El punto de partido de la educa- ción también es el hombre, los hom- bres, en situación, en sus relaciones con el mundo que los mediatiza (hombre-mundo). La situación de aprendizaje es una situación gnoseoló- gica donde los sujetos son mediatiza- dos por el objeto cognoscitivo: el mun- do, la realidad, la sociedad; que se pre- senta como un problema abierto a los sujetos que dialogan. Así concebida la situación de aprendizaje, es posible, junto con enfatizar el aspecto desafian- te e inconcluso que presenta la reali- dad, recalcar que la educación es una actividad humana situada y fechada como le hombre mismo, por lo que debe poseer una “visión crítica del sa- ber que sabe que éste se encuentra so- metido a condicionamiento históri- co-sociológicos” y que no es absoluto, ni se da en el vacío (Freire, 1984: 25). En este contexto el educador nunca impondrá su verdad, sino que propon- drá lo que él estime como mejor en una forma crítica. Vale decir, de tal modo que los educados se sientan desafiados a criticar lo que se les ofrece para supéralo (tornándose así en educadores). En esta óptica la educación no admite la trans- misión, en sentido estricto. Una verda- dera educación será creación cultural de la cual ambos, educador-educando y educando-educador, salen enriquecidos
al enriquecer el mundo.
Finalmente el objetivo de la educa- ción es la humanización que comienza con “la conquista que el hombre hace de su palabra” (Freire, 1984: 34). 


Es aquí donde se inserta la función necesa- riamente crítica de la educación. Educar es, antes que nada, problematizar. Es “a través de la problematización del hom- bre-mundo o del hombreen sus relacio- nes con el mundo y con los hombres, que se proporciona una profundiza- ción en la toma de conciencia de la rea- lidad por los hombres que la viven” (Freire, 1968: 25). La educación no puede convertirse en una agencia de conformismo, no puede ayudar a la ins- talación de los hombres en los marcos de lo establecido, no puede ser mante- nedora del statu quo; si lo hace traiciona al hombre y a su proceso de constante liberación, niega al hombre su derecho a la aventura de ser hacedor de su futu- ro. Será siempre liberadora. Su función será ayudar la concientización de las contradicciones de la sociedad existen- te; contradicciones concientizadas que ya no le dan más descanso, sino que vuelven insoportable la acomodación (Fiori, 1972: 22).
Para la educación dialógica “en tanto quehacer humanista y liberador, la importancia radica en que los hom- bres sometidos a la dominación lu- chen por su emancipación”. Ella no puede servir al opresor, “ningún or- den” opresor soportaría el que los oprimidos empezasen a decir: “¿Por qué?” (Freire, 1982: 99).
De donde se advierte que la educa- ción problematizadora sea una prácti- ca política de liberación y en este senti-

do una pedagogía de los oprimidos, que no puede ser elaborada por los opresores, sino por los oprimidos mis- mos en tanto se descubren como tales, descubriendo a los opresores y luchan- do contra la realidad opresora.

Emancipación: la lucha contra la deshumanización


La emancipación humana aparece, en la obra de Pablo Freire, como una gran conquista política a ser alcanzada por la praxis humana, en la lucha ininterrumpida a favor de la liberación de las personas y sus vidas deshumanizadas por la opresión y dominación social. Las diferentes formas de opresión y dominación existentes en el mundo, caracterizado por políticas neoliberales y excluyentes, niegan el derecho de los hombres y mujeres a cambiar el mundo, a través del análisis riguroso de la realidad social que parte de las vivencias de una precariedad material, pero que apuesta a la celebración y a la alegría de vivir.
El proceso emancipatorio freirea- no parte de una intencionalidad políti- ca declarada y asumida por todos aquellos que están comprometidos con la transformación de las condicio- nes de vida de los que tienen una exis- tencia oprimida, contrariamente al pe- simismo y fatalismo autoritario defen- dido por la posmodernidad


Esta crítica también es plantada más recientemente por E. Morin quien desde la Teoría de la complejidad denuncia a la racionalidad moderna occidental, debido a que: “Parcela y tabica los conocimientos; tiende a ignorar los contextos; le hace un black-out a las complejidades; no ve más que la unidad o la diversidad, pero no la unidad de la diversidad y la diversidad en la unidad; no ve más que lo inmediato, olvida el pasado, no ve más un futuro a corto plazo; ignora la relación recursiva pasado/presente/futuro; pierde lo esencial por lo urgente, y olvida la urgencia de lo esencial; privilegia lo cuantificable y elimina lo que el cálculo ignora (la vida, la emoción, la pasión, la desgracia, la felicidad); extiende la lógica determinista mecanicista de la máquina artificial a la vida social; elimina lo que se escapa a una racionalidad cerrada; rechaza ambigüedades y contradicciones como errores de pensamiento; es ciega para con el sujeto individual y la conciencia, lo que atrofia el conocimiento e ignora la moral; obedece al paradigma de simplificación que impone el principio de disyunción o/y el principio de reducción para conocer, e impide de concebir los vínculos de un conocimiento con su contexto y con el conjunto del que forma parte; mutila la comprensión y dificulta los diagnósticos, excluye la comprensión humana. En contraposición a esta lógica occidental, Morin propone abandonar todo punto de vista mutilador, que es el de las disciplinas separadas por un conocimiento polidisciplinar o transdisciplinar. Como la realidad es compleja y amplia hay que elaborar un método capaz de tratar, comprender y destabicar esa realidad. Para Morin, el principio fundamental para contrarrestar esta lógica occidental se prescribe en su capacidad de distinguir y religar sobre la complejidad del universo, principio que no es reconocido por la ciencia moderna. Además este principio tiene que reconocer la multiplicidad en la unidad o/y la unidad en la multiplicidad superando el reduccionismo y el holismo, uniendo las partes con el todo y el todo con sus partes (Morín, 2006: 69).




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