Pablo Freire: educación y
emancipación
Lino Morán-Beltrán
Magíster en Filosofía. Profesor de la Escuela de Filosofía. Departamento de Filosofía Latinoamericana LUZ. Universidad del
Zulia. Maracaibo, Venezuela. E-mail: lmoran77@cantv.net
Johan Méndez-Reyes
Magíster en Filosofía. Profesor de la Escuela de Filosofía. Departamento de Filosofía Latinoamericana LUZ. Universidad del
Zulia. Maracaibo, Venezuela. E-mail: reymanjoh@cantv.net
Resumen
El objetivo
fundamental de este trabajo es analizar la propuesta educativa de Pablo Freire, haciendo énfasis en los
elementos que mantienen vigente la propues- ta de un proyecto
pedagógico de liberación y emancipación. Para ello, se analizan
los postulados éticos contenidos en su obra, a partir
de la cual se puede concluir
que el proyecto pedagógico freiriano constituye hoy en día una alternativa educa- tiva válida ante la crisis del
sistema capitalista neoliberal, y a su vez representa una metodología que hoy asumen para sí los movimientos
sociales de liberación en nuestra América.
En la vida y obra
de Paulo Freire (1929-1997)
hay una profunda pasión por la libertad humana, y al mismo
tiempo, una rigurosa y siempre
renova- da búsqueda de una
pedagogía de la emancipación. En ese
sentido, pode- mos decir que la obra de Paulo Freire
va más allá de sus formulaciones, de sus
escritos; está muy marcada por la singu-
laridad de su conducta,
de su vida.
Hoy -a doce años
de su partida físi- ca-
cuando la crisis del capitalismo mundial globalizado se agudiza y se espera que
las cifras de excluidos y em-
pobrecidos aumente, existe
el deber de volver la mirada sobre las propuestas
emancipadoras de nuestros mejores intelectuales y maestros latinoamerica- nos. Freire es todo un
ciudadano del mundo que desde
su ciudad natal: Re-
cife, supo desentrañar las fuentes
libe- radoras de la educación.
La educación como proceso de liberación
Para Pablo
Freire educación posee dos significados fundamentales:
una, que él llamó “bancaria”, la cual torna a
las personas menos humanas, en vir- tud de que las aliena,
domina y a su vez contribuye con la opresión; y otra, li-
beradora, que parte del
hecho de la disposición de los seres humanos de querer dejar de ser lo que han
venido siendo, con el propósito de ser más conscientes, más libres y humanos. La primera formulación ha sido elabora- da e implementada por las clases
socia- les que administran el proyecto de do-
minación; mientras que la educación liberadora
debe ser necesariamente de- sarrollada por todos aquellos que cre- en que la liberación de toda la huma- nidad no solo es
posible, sino urgente y necesaria.
El impulso que lleva al ser humano a
la educación es ontológico, es decir,
es producto de su propia naturaleza:
“Es en el ser inacabado, que
se recono- ce así mismo como
tal, que se funda- menta la educación como proceso per- manente. Mujeres y hombres se tor-
nan educables en la medida en que se
reconocen inacabados. No es la educa-
ción lo que hace a las mujeres y los hombres educables, es la conciencia que
tienen de ser seres inacabados lo que genera su educabilidad” (Freire, 1997: 64).
Como todos los seres de la natura-
leza, las mujeres y los hombres son se-
res incompletos, inconclusos e inaca- bados;
pero a diferencia de los otros
se- res, su ontología específica los hace conscientes de sus
inconlusiones, al comprenderse inacabados e incompletos, impulsándolos a su vez
a la reali- zación plena. Por lo que la educación,
es entendida en principio como el me- canismo ideal para superar estas limi- taciones y llegar a ser seres humanos a plenitud.
La naturaleza
humana, de acuerdo a la teoría freiriana, puede ser identifi- cada también por
la esperanza. En este sentido: “es la conciencia de ser inacaba- dos las que a su vez nos inserta en un mo- vimiento permanente que nos acerca a la esperanza”
(Freire, 1997: 64).
Ahora citándose así mismo, en este texto, Freire procura reforzar esta
últi- ma dimensión de la especificidad de la ontología humana, cuando dice: “no es por obstinación que tenemos
esperanza, es por imperativo
existencial e histórico” (Freire, 1993: 10). Lo cual
nos permite decir que somos esperanzadores por una exigencia ontológica, lo que refuer-
za la idea de que una concepción de educación deriva de su concepción
con respecto de la singularidad
esperanza- dora de la naturaleza humana.
En
esta perspectiva del maestro pernambucano, la educación es tam- bién
dialógica-dialéctica, porque es una relación entre educando, educa- dor y el
mundo, no entendido como un círculo de la cultura, permanente
e inmutable, sino que debe sustituir la educación escolarizada del aula. Es en- tonces, contraria a la educación
banca- ria, el educador no es el mediador en- tre el conocimiento y el
educando. “Ahora, nadie educa
a nadie, como tam-
poco nadie se educa a sí mismo:
los hom- bres se educan en comunión, mediatizados por el mundo” (Freire,
1982: 10).
En esta cita podemos
percibir toda la riqueza del concepto
de educación en Freire.
En primer lugar,
a pesar de la do-
ble negación “nadie educa a nadie”, el educador es importante, en la medida en que “tampoco nadie
se educa a sí mismo”. Por tanto, el acto educacional
es una relación en la que el educador y el educando
son sujetos estratégicos del proceso de enseñar-aprender-enseñar, donde el aprendizaje es el principio fundante de la enseñanza,
y no al con- trario. En segundo
lugar, Freire invierte
la relación vertical educador-educando
que establece la educación bancaria, en la
que se da la primacía del educador sobre el educando, del enseñar sobre
el aprender, de la transmisión de conoci- mientos del docente sobre el proceso de reconstrucción colectiva de los sabe-
res por parte tanto de los educadores
como de los educandos.
Para Pablo Freire, la educación es una constante praxis esto es, una pro-
funda interacción necesaria entre prác- tica y teoría,
en ese estricto orden. Lo que según
él, dará nuevo sentido a la práctica, especialmente desde la pers- pectiva de un pensamiento crítico
como resultado de una lectura cons- ciente del mundo y de las relaciones con la
naturaleza y la sociedad.
La educación
problematizadora como alternativa a la educación bancaria
Freire, partiendo de la idea
de libe- rar a los oprimidos de sus condiciones que los convierten en cosas, al mismo
tiempo en que ve en la educación esa no será por medio de la educación pro- tagonizada por las élites que se
podrá llegar a la liberación. Comienza, en- tonces, a dar cuerpo a su propuesta de educación procurando caracterizar la
educación bancaria fuertemente enrai-
zada en los procesos educativos de su
época y, paralelamente, procura deli- mitar una propuesta de educación li-
beradora, esto es, que posibilite liberar a los sujetos de la amarras de la opre- sión. Al teorizar una propuesta de edu-
cación problematizadora, Freire
desta- ca que la libertad no
consiste en una
donación o en una bondad de
las cla- ses dominantes, ella solo puede con- cretarse como resultado de la construc- ción de la conciencia.
De
acuerdo con Freire, los funda- mentos de la educación bancaria se ba- san en la
narración alienada y alienan- te. O sea, se educa desde una perspecti- va para la sumisión, para la
creencia en una realidad estática, ordenada, frag- mentada1, para la visión de un
sujeto acabado, completo. La educación ban- caria, en este sentido, influye
como un anestésico, que inhibe el poder de las ideas propias del educando, impidien do cualquier posibilidad de reflexionar
acerca de las contradicciones y de los conflictos emergentes de lo cotidiano en que se encuentra inserta la escuela
y el alumno. Desde la perspectiva frei- reana, la educación bancaria
tiene el propósito de mantener la inmersión dentro de una actitud acrítica a
través de la reproducción de una conciencia ingenua.
La práctica bancaria
subordina al educando, sofocando el
gusto por la rebeldía,
reprimiendo la curiosidad, desestimulando la capacidad de desa- fiarse, de arriesgarse, tornando al alumno en un sujeto
pasivo. Contrario a esa
tendencia, Freire enfatiza que el pensamiento dialectico fortalece el pensamiento crítico, el cual representa la posibilidad de desalienar la idea de un
pensamiento acabado, de certezas, de realidades homogéneas y estáticas.
La
educación opresora o bancaria es un reflejo de la sociedad
opresora y una dimensión de
la cultura del silen- cio. Se trata de una estructura vertical de dominación o, a lo sumo, de dona- ción paternalista, en la cual se crea
–por su misma
verticalidad– una bipo- laridad educador vs. educando. El edu- cador es el que
educa, sabe, piensa, opta, escoge contenidos programáti- cos y los dona al
educando (al pueblo) este último, objeto de la acción del educador; no sabe, es
privado de su pa- labra: debe escuchar,
retener, repetir,
acomodarse y
seguir las prescripciones del educador.
“En la medida en que esta visión
ban- caria anula el poder creador
de los educan- dos o lo minimiza estimulando así su inge- nuidad y no su criticidad, satisface
los in- tereses de los
opresores” (Freire, 1982:
79) y resulta en una educación
domes- ticadora, en una práctica de la domina- ción, cuya finalidad es
indoctrinar al pueblo en el sentido de su acomoda- ción al mundo de la
opresión. Lo que Freire enfatiza en su crítica
no es tanto un juicio de intenciones; en efecto, pueden darse
educadores de “buena voluntad” pero ingenuos que son an- ti-dialógicos y por
tanto útiles a la so- ciedad opresora.
Hay que vigilar el rol social que esta educación tiende a
cumplir2.
Este rol opera
en base a dos equí- vocos
fundamentales. La educación
anti-dialógica del pueblo, en la que éste es considerado un recipiente prác- ticamente pasivo, absolutamente igno- rante, que debe ser llenado y hacia
el cual debe ser “extendido” el saber, re- posa
en un equívoco gnoseológico que desconoce todo el carácter
intencional de la conciencia. Reduce el aspecto
di- námico de la educación a la acción
de “dar”, de entregar un contenido, que permanece idéntico a lo largo del pro-
ceso. Se desconoce así la confronta- ción con el mundo, como la verdadera fuente de conocimiento. Ha sido dicotomizado el hombre del
mundo, con- cibiéndose su conciencia de manera mecánica, como una sección dentro
del hombre en la que hay que hacer pe- netrar un contenido (el mundo)3. Ade-
más, considerándose al hombre como
objeto, se le niega su condición de su-
jeto capaz de insertase críticamente en el mundo como su transformador, ca- rácter que el hombre
dinamiza precisa- mente como
fruto de conocimiento verdadero.
Desde el punto de vista cultural,
la teoría anti-dialógica resulta ser una inva-
sión cultural. El educador-invasor no piensa con los educandos; en el mejor de los casos piensa acerca de los educandos,
concibiéndolos como quienes deben asi- milar pasivamente sus lecciones. La edu- cación
se transforma en manipulación, en conquista. Hay acá en obra un equívo-
co histórico: el de considerar
al pueblo como sin cultura y sin pasado, lo que im- pide entender
que la única educación po- sible debe jugarse
en un diálogo de cultu-
ras, la del educador y la del pueblo, que
debe dar pie a una síntesis
cultural, que es
necesariamente creación cultural.
Ahora los
presupuestos de la con- cepción de una educación problemati- zadora, según Freire, están fundados en la creencia
de la humanización de educadores y educandos. En razón de estos, la función del
educador es pro- blematizar el objeto
de la enseñanza y
posibilitar a los educandos condicio-
nes para que ocurra “la superación de los
conocimientos del nivel
de doxa por
el ver- dadero conocimiento,
el que se da a nivel de la episteme”
(Freire, 1982: 71).
Esta perspectiva problematizadora de la educación desafía a la sumisión de la conciencia,
con el propósito de que acontezca la inserción
crítica del sujeto en la realidad, facilitando la construc-
ción de la conciencia reflexiva y política acerca de los desafíos que presenta la realidad social. Así mismo, la educa- ción
problematizadora precisa centrar sus preocupaciones
para “profundizar la toma de conciencia que opera
en los hom- bres en cuanto agentes,
en cuanto trabaja- dores” (Freire, 1983:
76). De este
modo, la educación problematizadora, se constituye en el proceso de confronta- ción del hombre con
el mundo, inten- tando superar las causas
que hacen que las
grandes mayorías vivan en condicio- nes de marginalidad y explotación.
La educación problematizadora,
es pues, la fuerza creadora de un nuevo mundo,
donde los hombres y mujeres, en condiciones de excluidos, son sujetos
activos del proceso
de emancipación, lo que a
su vez implica suplantar los efec-
tos de la educación bancaria. Es una
educación donde se adquiere
la concien- cia necesaria
para la superación de la es- tructura social que aliena y somete.
Contrariamente
a la educación bancaria, la educación dialógica es, en sus
grandes trazos, la conciencia verda dera o crítica. Nos presenta a los suje- tos como inseparablemente unidos a
la realidad y; a través de ella, entre si (esquema horizontal). Siendo la reali- dad no un mero soporte para los hom- bres, sino un desafío a su inserción
transformadora. En esta dinámica de la conciencia se nos entrega
una preci- sión sobre el
sujeto, el punto de parti- da
(objeto) de la educación (Freire, 1982: 97).
El sujeto es el hombre que busca en comunión y
no en le aislamiento, Freire
dirá que la “esencia
fenoménica de la educación radica en la dialogicidad” (Freire, 1984: 25). El diálogo
es un en- cuentro entre personas en el cual ningu-
na está privada de su palabra, ninguna es
manipulada, ninguna es objeto de otra. En él se da una verdadera relación de su- jetos (intersubjetividad)
mediatizados por el mundo concreto en el cual ambos se educan.
Se suprime así el antagonis- mo: “no más educador del educando,
no más educando del educador,
sino que educador-educando y educando-e- ducador” (Freire, 1984: 25).
Este presupuesto, que puede pare- cer a algunos idealistas es
precisado. En el seno de una sociedad opresora
y de clases esta comunión se encuentra históricamente limitada y no
puede realizarse entre el pueblo y quienes
se oponen antagónicamente a él, prohi- biendo su búsqueda, silenciando
su palabra; el diálogo
entre ambos se hace
imposible. Más aún, también hay que ser conscientes que, en el seno de una estructura social de dominación, en la que
la educación tiende
a reflejar la es-
tructura del poder, una educación dia-
lógica es difícil, sin embargo
“algo fun-
damental puede ser hecho;
dialogar sobre la negación del propio diálogo”
(Freire, 1982: 81).
El punto de partido de la educa- ción también es el hombre, los hom- bres, en situación, en sus relaciones con el mundo que los mediatiza (hombre-mundo). La situación de aprendizaje es una situación gnoseoló- gica donde los sujetos son mediatiza- dos por el objeto
cognoscitivo: el mun- do, la realidad, la sociedad; que se pre- senta como un problema abierto a los sujetos que dialogan. Así concebida la situación de aprendizaje, es posible, junto con enfatizar el aspecto desafian- te e inconcluso que presenta la reali- dad, recalcar que la
educación es una actividad
humana situada y fechada como le hombre mismo,
por lo que debe poseer una “visión
crítica del sa- ber que sabe que éste se encuentra so- metido
a condicionamiento históri- co-sociológicos” y que no es absoluto,
ni se da en el vacío (Freire,
1984: 25). En este contexto el educador nunca impondrá
su verdad, sino que propon- drá lo que él estime
como mejor en una forma crítica. Vale decir, de tal modo que los educados se sientan desafiados a criticar lo que se les ofrece para supéralo
(tornándose así en educadores). En esta óptica
la educación no admite la trans- misión,
en sentido estricto. Una verda- dera educación será creación cultural de la cual ambos, educador-educando y educando-educador,
salen enriquecidos
al enriquecer el mundo.
Finalmente el objetivo de la educa-
ción es la humanización que comienza
con “la conquista que el hombre hace de su palabra” (Freire, 1984:
34).
Es aquí donde se inserta la función
necesa- riamente crítica de la educación. Educar
es, antes que nada, problematizar. Es “a
través de la problematización del hom-
bre-mundo o del hombreen sus relacio- nes con el mundo y con los hombres, que se proporciona una profundiza- ción en la toma de conciencia de la rea- lidad
por los hombres que la viven” (Freire, 1968: 25). La educación
no puede convertirse en una agencia de conformismo, no puede ayudar a la ins-
talación de los hombres en
los marcos de lo establecido, no puede ser mante- nedora del statu quo; si
lo hace traiciona al hombre y a
su proceso de constante liberación, niega al
hombre su derecho a la aventura de ser hacedor
de su futu- ro. Será siempre liberadora. Su función será ayudar la concientización de las contradicciones de la sociedad
existen- te; contradicciones concientizadas que ya no
le dan más descanso, sino que vuelven insoportable la acomodación (Fiori, 1972: 22).
Para la
educación dialógica “en tanto quehacer humanista y liberador, la importancia radica en que los hom- bres sometidos a la dominación lu-
chen por su emancipación”. Ella no puede servir al opresor, “ningún or- den”
opresor soportaría el que los oprimidos empezasen a decir: “¿Por qué?” (Freire,
1982: 99).
De donde
se advierte que la educa- ción problematizadora sea una prácti- ca política de liberación y en este
senti-
do una pedagogía de los
oprimidos, que no puede ser elaborada por los opresores, sino por los oprimidos mis- mos
en tanto se descubren como tales,
descubriendo a los opresores y luchan-
do contra la realidad opresora.
Emancipación: la lucha
contra la deshumanización
La
emancipación humana aparece, en la obra de Pablo Freire, como una gran
conquista política a ser alcanzada por la praxis
humana, en la lucha
ininterrumpida a favor
de la liberación de las personas y sus vidas
deshumanizadas por la opresión y dominación social. Las diferentes
formas de opresión y dominación
existentes en el mundo, caracterizado por políticas neoliberales y excluyentes,
niegan el derecho de los hombres y mujeres a cambiar el mundo, a través del análisis
riguroso de la realidad social
que parte de las vivencias de
una precariedad material, pero que
apuesta a la celebración y a la alegría
de vivir.
El proceso emancipatorio freirea- no parte de una intencionalidad políti- ca declarada y asumida por todos aquellos que están
comprometidos con la transformación de las condicio- nes de vida de los que tienen una exis-
tencia oprimida, contrariamente al pe- simismo y fatalismo autoritario defen- dido por la posmodernidad

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